Locura transitoria. Trastorno inevitable. Aparentemente estaba sana, pero no podía dormir. Se pasaba las noches en vela divagando y pensando en el futuro. Cada vez que caía el sol le pasaba lo mismo, acaecían las horas lentamente y con los ojos bien abiertos veía el amanecer desde su tragaluz.

Soñaba despierta. Imaginaba que el sol era el amor de su vida, y venía a visitarla cada mañana, a la misma hora, para desearle los buenos días.

Le avergonzaba reconocerlo, pero ese momento le hacía sentir ridículamente especial.  Se sentía sola. Tenía la fantasía de que enamorarse era la verdadera razón de la vida. Encontrar su media naranja, brillante y jugosa que encajase a la perfección con su otra mitad.

¡Hoy es el día! Se decía.

Lo que no se había parado a pensar, es que las naranjas pueden ser un cítrico traicionero. A veces son tan ácidas que marchitan las mariposas y encogen el corazón.

Probar tantas naranjas la habían convertido en otra persona. Le habían arrebatado una de las cosas más importantes, la paz mental.

A pesar de la gran acidez, nunca se había planteado cambiar de fruta. Hasta que un día, lo poco que le quedaba de razón, le obligó a probar la verdadera dulzura.

Poco a poco se dio cuenta de que las mandarinas, aunque son menos vistosas y sus gajos son más fáciles de separar, no se buscaban por mitades, sino de forma completa.

Eso le hizo volver a creer, dormir a pierna suelta y soñar de verdad, con los ojos cerrados y el corazón abierto.

4 comentarios en “Cuando cambias las naranjas por las mandarinas”

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